
Reflexiones desde abajo sobre la violencia política. Voces silenciadas y estrategias de resistencia en la Bolivia contemporánea
Boletín DeBajada N°12
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Introducción
El trabajo con las organizaciones sociales de base en diferentes territorios de Bolivia nos ha llevado a reconocer un tipo de violencia particular: aquella ligada al ejercicio del poder estatal hacia las organizaciones y que también se reproduce al interior de ellas. Se trata de la violencia política que afecta directamente la vida cotidiana, especialmente de las mujeres, quienes son las que interpelan y ponen en discusión sus expresiones y consecuencias.
Esta violencia adquiere un carácter patriarcal y colonial, que se expresa en mecanismos de silenciamiento, fragmentación y control que refuerza lógicas de sometimiento. Opera tanto en los niveles institucionales como en los comunitarios, desplazando la atención de las necesidades de la vida cotidiana hacia disputas de poder, por ejemplo, partidarias o electorales. En tal sentido, la violencia política se dirige contra la reproducción de la vida. Se expresa en el encarecimiento de los alimentos, en la desvaloración de los productos locales, en la imposibilidad de decidir colectivamente sobre las necesidades vitales, y en la exclusión sistemática de las mujeres de los espacios de decisión.
Sin embargo, frente a estas formas de dominación también emergen resistencias, protagonizadas principalmente por mujeres, aunque también por pueblos indígenas que interpelan esas dinámicas. Hemos querido poner en discusión estas claves de análisis a partir del diálogo con tres experiencias organizativas concretas: mujeres del Valle Alto de Cochabamba, estudiantes de Psicología de la Universidad Mayor de San Simón y la Red de Mujeres Trabajadoras y Sindicalistas de Bolivia, especialmente de la ciudad de La Paz. El texto que sigue recoge y amplifica estas reflexiones que forman parte de las preguntas y aprendizajes que venimos construyendo colectivamente desde el equipo del CEESP y que buscan abrir un horizonte de pensamiento en torno a la pregunta: ¿cómo poner la vida en el centro frente a los mecanismos de silenciamiento y control que impone la violencia política?
La especificidad de la violencia política en Bolivia
La discusión reconoció la particularidad de la violencia política en el contexto boliviano reciente, marcado por la gestión del MAS (Movimiento Al Socialismo). Lxs participantes analizaron cómo esta especificidad se relaciona con una estructura de poder que extiende el ejercicio de control a través de diversas formas de interacción entre el partido político gobernante y las organizaciones sociales.
Se identificaron algunas pautas específicas de la violencia política:
- No se trata solo de violencia represiva directa (policial o militar). Aunque la represión existe, gran parte de la violencia política se ejerce de forma cotidiana, menos visible, de forma constante, pero de igual forma muy efectiva.
- Opera a través del control y disciplinamiento de organizaciones sociales de base. Esto significa que no solo se limita a prohibiciones externas, sino que permea la vida interna de las organizaciones, reorganizando sus prioridades y condicionando sus prácticas
- Se fundamenta en relaciones de dependencia y monopolio entre el Estado y las organizaciones sociales. La dirigencia se convierte en mediadores que definen lo que se puede o no reclamar, generando un monopolio de la voz colectiva.
- Tiene un impacto directo en la capacidad de estas organizaciones para desarrollar prácticas centradas en la reproducción de la vida. La agenda de las comunidades queda desplazada hacia los tiempos y temas impuestos desde arriba.
- Es una violencia patriarcal y con expresiones misóginas. Su carácter invisible y constante hace que se difícil para las mujeres nombrarse como sujeta violentada políticamente, lo cual es un desafío, especialmente cuando no se está ejerciendo un cargo y se pertenece a las bases.
- Se expresa en mecanismos muy elaborados de silenciamiento, como la instalación del miedo a opinar en reuniones, como lo expresa una participante: “Ahora ya no podemos ir a reclamar, porque una palabra basta para te digan ‘androniquista’, ‘arcista’ o ‘evista’… ya no puedes opinar de nada”.
Esta última frase, evidencia los sutiles, aunque efectivos, mecanismos de disciplinamiento que silencian las voces en los espacios organizativos. Respecto a esto una mujer expresa: “Antes te decían que eras de la derecha, ahora es peor. Ni siendo masista ni no masista puedes hablar. Si opinas algo, ya te dicen que apoyas a uno u otro. Entonces mejor no dices nada”.
El efecto del silenciamiento es profundo, pues los temas vitales quedan fuera de la discusión. Otra mujer del Valle Alto compartía: “El otro día hablamos del abono, de cómo subió tanto de precio, y nos dijeron: ‘no se preocupen, cómo están en campaña nos van a venir a rogar a mitad de precio’. Ya no se puede hablar de nuestras necesidades, todo lo vuelven tema político”.
De este modo, la violencia política no solo limita la crítica, sino que desplaza y lo desarticula de las demandas centradas en la reproducción de la vida.
Violencia política contra la reproducción de la vida
Un aporte significativo en la discusión fue la propuesta de entender la violencia política como aquella dirigida específicamente contra la reproducción de la vida.
Se trata de una violencia sutil o encubierta que atraviesa los espacios de vida cotidiana de mujeres y hombres, limitando sus posibilidades de abordar los problemas de sus comunidades y de sus propias organizaciones.
En el caso de las mujeres esta violencia se hace más evidente por la sobrecarga de trabajos de cuidado, la vigilancia sobre su comportamiento y la exclusión en los espacios de decisión como mecanismos centrales de sujeción. Una mujer lo expresó así: “Para nosotras es complicado hacer política. Cuando hay una reunión, luego se van a comer y a tomar, y si una mujer tiene familia o pareja es más difícil, porque la gente observa mucho”.
A estos obstáculos se suma la imposibilidad de decidir en temas tan esenciales como la alimentación. Las mujeres del Valle Alto señalaron: “Estamos regresando a nuestra comida ancestral por necesidad. Nuestros hijos comen con tristeza lo que podemos darles, mientras en la televisión de valoran otros consumos que no están a nuestro alcance”. Sin embargo, esta frase evidencia resistencia en tiempo de crisis, pero también las dificultades en la alimentación en las nuevas generaciones cuyos imaginarios de consumo les genera frustración.
Otra mujer relató la desvalorización de sus productos frente al mercado: “cuando llevo mi producto al mercado digo: ‘este mi conejo pesa un kilo, ¿por qué me pagan menos que la carne de vaca?’ Si hacemos un estudio, el conejo come alfa limpia, y no tenemos esa información. Nosotros no sabemos sobre la alimentación”. Lo que aquí se enuncia no es solo un problema de precio, sino una violencia estructural que invisibiliza el valor de la producción local y naturaliza un sistema alimentario que privilegia lo industrial.
En este sentido, la violencia política se manifiesta en una reproducción de la vida atrapada por un mercado que desvaloriza lo propio, pero también en la exclusión de las mujeres en espacios de toma de decisión. Sin embargo, frente a esto la recuperación de saberes ancestrales, así como la valorización del propio producto se presenta como una estrategia de resistencia.
¿Cómo poner la vida en el centro ante el silenciamiento y el engranaje patriarcal de la violencia política?
Uno de los mayores desafíos señalados fue la dificultad de hablar y reclamar sin ser etiquetados o instrumentalizados. El silenciamiento se convierte en un mecanismo central de violencia política: se cierran los espacios de deliberación, y con ellos, las posibilidades de poner la vida en el centro. Este clima de miedo y silenciamiento bloquea a las voces interpeladoras y autoriza quién puede hablar y quién no. Esta voz habilitada para hablar es casi siembre alguien con poder masculino, es decir, los varones dirigentes en contextos organizativos. En contexto universitarios: los docentes. Y en contexto sindical, los máximos ejecutivos de sector o de la Central Obrera Boliviana.
Esto forma parte de un engranaje patriarcal que atraviesa las organizaciones sociales. Otro ejemplo es que, aunque las mujeres son electas como representantes, las decisiones clave continúan concentradas en los varones, Como señala una mujer: “Las mujeres no han elegido. Puro hombres se han reunido”. “Dirigentes hombres no más deciden y llaman para hacer aprobar, diciéndonos chacha-warmi”. Esta práctica convierte a las mujeres en una presencia simbólica, necesaria para cumplir cuotas, pero anuladas en su poder de decisión.
Esto reproduce condiciones estructurales que impiden a las mujeres ejercer poder real, relegándolas a tareas simbólicas o de apoyo. En este sentido, el machismo es un mecanismo que hace que las mujeres no puedan participar y no puedan decidir. El efecto de este engranaje es la invisibilización de necesidades vitales. En lugar de discutir sobre precios de los alimentos, guardería o salud, las reuniones se centran en temas ligados a nociones de desarrollo como obras de asfalto o temas electorales. De esta manera, el machismo actúa como un mecanismo de la violencia política que desplaza demandas de la vida cotidiana y las sustituye por intereses partidarios.
Nombrar lo invisible como forma de resistencia
Las voces recogidas muestran que nombrar estas violencias es un acto urgente de resistencia. Al hacerla visibles, las mujeres, trabajadoras y estudiantes interrumpen el silencia y abren las posibilidades de reconfigurar los espacios organizativos para pensar nuevas formas de acción colectiva.
Una estudiante de psicología narra su experiencia:
Me he identificado con eso. Nos ha pasado. Nosotras como tal somos un centro de estudiantes. Antes de serlo hemos sido como una asociación, agrupación de estudiantes. Ha habido esto de la desorganización y fragmentación, ha habido este ataque. Se me hizo muy curioso que señalara esto de disciplinar y violentar que, sin entrar a grandes rasgos, sí hubo esos ataques dentro del equipo hace unos meses atrás, de forma directa a personas del equipo. Son personas que no siguen ese conducto que muchos quieren que sigamos. Es decir, acá se sabe, se olvida que los docentes igual influyen en nosotros, no solo en el tema de la educación, sino también a nivel político. Nos quieren echar la culpa a nosotros… no voy a olvidar que, en una primera clase, las autoridades nos dijeron: «qué horrible que se esté armando esta cultura del reclamo»… Yo dije «uy». Porque nosotros como centro y también como estudiantes hemos visto bastantes irregularidades que antes no teníamos la valentía de denunciar o de decir algo al respecto. Pero ahora hemos visto otras vías que como estudiantes podemos seguir, podemos hacer. No es un imposible. Si es complicado, pero no imposible.
Este testimonio evidencia cómo la violencia política actúa en diferentes espacios, donde se busca deslegitimar la protesta y naturalizar la obediencia. Sin embargo, ante esto surgen resistencias que se anclan en la defensa de las acciones cotidianas como: defender la posición tomada, defender el precio del queso en el caso de las productoras del Valle Alto, nombrar las experiencias de violencia, etcétera. Estas prácticas demuestran que, aunque la violencia política busca invisibilizar, las mujeres y muchos otros procesos organizativos, siguen produciéndose espacios y situaciones de visibilidad desde abajo.
Nombrar eso que se pretende invisible, que se quiere naturalizar es un ejercicio político y una reivindicación de la política de la vida cotidiana que pone en el centro la vida.
Horizontes desde abajo
Las voces recogidas muestran que la violencia política no solo está en la represión ni en la violencia directa, sino también en lo cotidiano: en el precio del queso que no se valora, en la calle priorizada sobre la guardería, en la reunión donde las mujeres no son convocadas y si lo están no deciden, en palabras que no pueden pronunciarse sin miedo a ser etiquetada.
Sin embargo, cada uno de estos escenarios también guardan gestos de rebeldía. Mujeres que sostienen la producción y venta de alimentos a pesar de un contexto de precarización de sus condiciones de vida; estudiantes que denuncian abusos docentes y se organizan frente al disciplinamiento universitario; mujeres que disputan espacios en sus comunidades y el derecho a hablar donde “solo los hombres deciden”, mujeres que nombrar sus experiencias de violencia.
Son pequeñas rebeldías cotidianas que, aunque no siempre son reconocidas como políticas, interpelan directamente al poder. Como expresaron las mujeres del Valle Alto “este germen de rebeldía está aquí en cada una”. Estas rebeldías cotidianas abren horizontes para pensar cómo poner la vida en el centro, más allá de los silenciamientos y las lógicas que buscan reducirla.
El ejercicio de dialogar con organizaciones sociales y nombrar estas experiencias como violencia política contra la reproducción de la vida, ha permitido reconocer que prácticas que parecían naturales, son en realidad formas sistemáticas de violencia. Ponerle nombre es ya un gesto de dignidad, pues otorga sentido a esas experiencias incómodas y doloras, que muchas veces habían sido vividos en soledad y pensadas como inevitables. Más allá de esto, también quedan las interrogantes planteadas por las mujeres sindicalistas: ¿Cómo hacemos que la violencia política sea un tema que profundicemos como sociedad? ¿Cómo fomentamos espacios necesarios de diálogo que permitan tejer redes entre mujeres? ¿Qué acciones son las que primero identificamos como violencia política que nos permitan generar alertas tempranas?